
Durante años, recorrer una carretera federal en México implicaba encontrarse con una figura que, para bien o para mal, formaba parte del paisaje nacional: la Policía Federal de Caminos. Tenía defectos, excesos y una reputación que no siempre fue impecable, pero cumplía una función elemental para cualquier país que aspire a tener un sistema carretero funcional; hacer valer la ley, atender emergencias, liberar vialidades y mantener el orden.
Paradójicamente, hoy se presenta como una gran novedad que la Guardia Nacional pueda realizar tareas de tránsito, imponer infracciones, dirigir la circulación y participar en la atención de accidentes. En realidad, no estamos frente a una innovación institucional. Lo que estamos viendo es el regreso de atribuciones que ya existían, que durante décadas ejerció la Policía Federal y que desaparecieron cuando el gobierno de Andrés Manuel López Obrador decidió extinguir esa corporación para dar paso a la Guardia Nacional.
Vale la pena recordar que uno de los mandos más conocidos de aquella Policía Federal de Caminos fue Enrique Galindo Ceballos. En aquellos años, más allá de filias y fobias, la corporación mantenía presencia permanente en las carreteras, atendía accidentes, auxiliaba conductores y despejaba bloqueos. Los paisanos que regresaban desde Estados Unidos solían reconocer el trabajo de los elementos con gestos de agradecimiento. No era raro verlos recibir refrescos, comida o simplemente un saludo de quienes encontraban en ellos una autoridad cercana y útil.
Y si todo iba tan bien ¿qué fue lo que pasó? Es una muy buena pregunta porque, mientras el gobierno presume nuevas facultades para la Guardia Nacional, miles de usuarios de las carreteras federales se cuestionan dónde estaba esa corporación cuando los grupos criminales convirtieron algunos tramos en auténticos corredores del miedo.
El caso más evidente se encuentra en la carretera 57, particularmente en el tramo Villa Hidalgo-Guadalcázar, en San Luis Potosí . Se trata de una zona que desde hace años acumula denuncias por desapariciones, secuestros, asaltos a transporte de carga, robo de vehículos y ataques a autobuses de pasajeros. Es un territorio donde los delincuentes parecen tener información, logística y libertad de movimiento suficientes para operar con una tranquilidad que resulta inquietante.
La lista de víctimas es tan amplia que incluye migrantes, transportistas, familias enteras y hasta integrantes del equipo de la propia presidenta Claudia Sheinbaum. Si ni siquiera la comitiva presidencial estuvo exenta de la inseguridad, es válido preguntarse qué nivel de protección puede esperar un ciudadano común que circula por la zona.
La Guardia Nacional recibe ahora facultades para detener vehículos, revisar documentación, inspeccionar unidades e imponer multas. Es decir, obtiene mayores herramientas para vigilar a quienes cumplen la ley, sin embargo, la percepción social en muchos puntos del país es que esas mismas capacidades no han sido utilizadas con la misma eficacia para contener a quienes la violan de manera sistemática.
En algunos de los tramos más peligrosos de México, el ciudadano podrá sentirse más seguro de ser detenido por una infracción administrativa que de ser protegido frente a una organización criminal. Desde luego, no se trata de afirmar que todos los elementos de la Guardia Nacional actúan de esa manera. Sería una generalización injusta. Existen miles de integrantes que realizan su labor con profesionalismo y en condiciones complejas. El problema es que la institución carga con una deuda enorme de resultados en regiones donde la delincuencia opera a plena vista y donde la percepción ciudadana es que la autoridad ha terminado por acostumbrarse a convivir con el problema.
Así pues, cuando una corporación recibe mayores facultades de inspección, revisión y sanción sin que existan mecanismos sólidos de supervisión y rendición de cuentas, el riesgo de abusos crece de manera natural. La discrecionalidad puede convertirse en terreno fértil para la corrupción. Una revisión legítima puede transformarse en hostigamiento. Una infracción puede convertirse en una negociación improvisada a un costado de la carretera. Y la confianza ciudadana, que ya es escasa, puede deteriorarse aún más.
Por eso el debate no debería centrarse únicamente en si la Guardia Nacional puede o no multar. La verdadera discusión consiste en determinar si cuenta con controles suficientes para hacerlo correctamente y, sobre todo, si tendrá la misma determinación para perseguir a los delincuentes que para sancionar a los conductores.
México necesita carreteras seguras. Necesita autoridad. Necesita vigilancia. Pero también necesita resultados, pues de poco sirve que una patrulla aparezca para revisar documentos si desaparece cuando aparecen los criminales.
Al final, la legitimidad de cualquier corporación no se construye por decreto ni por reformas reglamentarias. Se construye cuando los ciudadanos sienten que la autoridad está de su lado. Cuando libera caminos en lugar de complicarlos. Cuando protege antes de castigar. Cuando combate a los delincuentes con la misma energía con la que aplica una multa.
La Guardia Nacional tiene ahora más poder. Lo que falta por demostrar es si también tendrá más eficacia. Conviene tener presente que, en carreteras como la 57, no se necesitan más infracciones. Se necesita, con urgencia, más seguridad.
Cavilaciones:
Primera: El gobernador Ricardo Gallardo estará este viernes en la región huasteca. El mandatario anda entregando obras y arrancando otras, pero, en el fondo, anda midiendo el terreno, porque ya tiene un mapa muy bien estudiado del capital electoral que tiene el Partido Verde y ha sido enterado de los que andan chapulineando, los cuales, por cierto, no son pocos.
Segunda. A propósito de la Huasteca, Óscar Márquez, alcalde de Xilitla, le tiene garantizada una descomunal derrota al Partido Verde si no le meten mano antes de que colapse el pueblo mágico por las tranzas y escándalos de corrupción, líos amorosos y abusos constantes del alcalde y sus cercanos. Pobre “Xiliyork”, tan lejos de Dios y tan cerca de estos gobernantes.
Tercera: La Primera Encíclica del Papa León XIV aborda el tema de la inteligencia artificial. Este felino recomienda su lectura. Los que le entendieron, le entendieron y los que no, pues no… ¡Miau!



