
A nivel nacional, la decisión ya está tomada y no deja mucho espacio a la interpretación; Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo competirán en alianza en 16 de las 17 entidades que renovarán gubernatura en 2027. El mensaje es claro en el sentido de que predomina el bloque compacto, la disciplina negociada y una ruta que privilegia la suma antes que la pureza ideológica.
Es bien sabido que, en política, cuando el control o el poder están en juego, las diferencias rara vez se disuelven, si bien sale, se administran, por ello, el dato realmente revelador no está en los estados donde hubo acuerdo, sino en el único donde la negociación se rompió o, al menos, nunca terminó de cuajar; San Luis Potosí.
La excepción potosina no es un accidente ni un descuido de calendario. Es el reflejo más nítido de una relación entre Morena, el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo que ha operado más por conveniencia que por confianza, y más por necesidad que por convicción.
Conviene no perder de vista un episodio que sigue pesando en la memoria reciente; en 2021, militantes morenistas irrumpieron en la sede del CEEPAC para frenar la candidatura de Ricardo Gallardo bajo las siglas de Morena. El hecho no puede minimizarse, no fue un conflicto pequeño, fue una radiografía bastante precisa de cómo se entendía la alianza en ese momento: útil, quizá; armónica, nunca.
Desde entonces, el conflicto no desapareció, sólo cambió de escenario. De la confrontación abierta se pasó a la fricción constante. Hoy, se expresa en disputas legislativas, en mensajes calculados y en una competencia cada vez menos discreta por el control territorial rumbo a la sucesión.
Y es ahí donde aparece una gran debilidad para Morena, aunque no la quieran reconocer. Si la coalición se fractura en la contienda por la gubernatura, el partido guinda llegaría en desventaja estructural. Su dirigencia estatal ha concentrado más energía en contener disputas internas y en incorporar perfiles provenientes de otras fuerzas políticas, mucho cartucho quemado, que en construir una base territorial sólida. El crecimiento ha sido más de suma oportunista que de consolidación orgánica, una vil expansión sin depuración, incorporación sin filtro y una estructura que todavía depende demasiado de equilibrios externos. No tiene liderazgos y la imagen de López Obrador sigue siendo la del cid campeador. Sin él, no hay nada.
Mientras tanto, el Verde ha jugado a lo que mejor sabe jugar, sobre todo, sabiendo que controla palancas de poder. Le ha apostado por la expansión territorial, el fortalecimiento de operadores y la consolidación de liderazgos regionales con lógica de largo aliento. Desde luego, no todo ha sido perfecto, pues tiene claras excepciones, pero tiene una ruta clara de acción.
Por eso, la idea de una candidatura común para la gubernatura ya se contempla como un acuerdo poco viable o una simple una ficción que resulta útil para el discurso. No es imposible jurídicamente, pero políticamente exige una confianza que, en San Luis Potosí, no existe.
Lo más probable es un esquema fragmentado; coalición en diputaciones federales, acuerdos selectivos en alcaldías y negociaciones puntuales en distritos locales. Una convivencia táctica más que una alianza real y es que las coaliciones o las alianzas funcionan mientras ambas partes creen necesitarse. Y en San Luis Potosí, conforme se acerca 2027, la señal dominante no es la cooperación, sino el cálculo para sobrevivir sin el otro.
La excepción potosina no es un detalle marginal del mapa electoral. Es, más bien, el primer borrador de una disputa que todavía no se declara, pero ya se está organizando.
Cavilaciones:
Primera: De cara a las elecciones, los que aspiran a cargos de elección popular comienzan a borrar fotos donde lucen relojes, pulseras, cinturones, bolsos, zapatos y atuendos «carítsimos de París». también están desapareciendo fotografías de viajes al extranjero y algunos lujos que creen que valen y que por eso publican en sus redes sociales. Ni modo, tendrán que ajuararse en Shein o en Temu ¡Miau!
Segunda: Con un porcentaje de aprobación del 78.4 por ciento, según Consulta Mitofsky, Ricardo Gallardo Cardona es el gobernador mejor evaluado de México. El peor, con 52.1 por ciento, es el vecino, David Monreal. Gallardo no afloja el ritmo. En su quinto año de gobierno está generando más obra pública que sus dos antecesores juntos.
Tercera: En los pasillos del PAN, aseguran que la plataforma disponible para que panistas o ciudadanos comunes se registren como aspirantes a la gubernatura del Estado o a cinco presidencias municipales es pura faramalla, que todo está dicho y que cada vez cobra más fuerza la versión de que Marcelo de los Santos Anaya es el bueno para la capital ¡Grrr!