La propuesta del diputado morenista Cuauhtli Badillo para instalar pantallas en el Congreso del Estado y transmitir los partidos inaugurales del Mundial de Futbol 2026 podría parecer inofensiva. Y quizá lo sea. Después de todo, nadie puede objetar el entusiasmo que despierta el torneo deportivo más importante del planeta ni el legítimo interés de millones de mexicanos por seguir a la Selección Nacional. El problema no está en el futbol. El problema está en que una ocurrencia de esta naturaleza consiga abrirse paso en la agenda pública de un Poder Legislativo que tiene pendientes mucho más relevantes que atender.
Las instituciones públicas suelen revelar sus prioridades no a través de los discursos que pronuncian, sino mediante el tiempo, la energía y los recursos que deciden invertir. Por eso llama la atención que desde el Congreso surjan propuestas para organizar ambientes mundialistas, instalar pantallas gigantes y diseñar dinámicas recreativas, mientras temas de enorme impacto social avanzan con una lentitud desesperante o permanecen atrapados en la burocracia legislativa. En la congeladora, como se dice coloquialmente. No es una discusión sobre entretenimiento. Es una discusión sobre enfoque.
Resulta inevitable preguntarse en qué momento el recinto encargado de elaborar leyes comenzó a parecerse más a un comité organizador de eventos, porque la propuesta no se limita a reconocer que habrá un Mundial, sino que va más allá. Plantea destinar espacios, coordinar logística, involucrar áreas administrativas y generar actividades relacionadas con un espectáculo deportivo. Todo ello, dentro de una institución financiada con recursos públicos y sostenida para cumplir funciones muy distintas.
Quizá la idea no implique una erogación significativa. Quizá las pantallas ya existan o puedan conseguirse sin mayores complicaciones, pero incluso si el costo fuera mínimo, la pregunta sigue siendo válida: ¿Por qué invertir tiempo institucional en algo tan efímero? ¿Qué problema público se resuelve? ¿Qué necesidad ciudadana se atiende? ¿Qué beneficio permanente se genera? La respuesta es sencilla: ninguno. El partido terminará, los aficionados regresarán a sus actividades y la realidad seguirá esperando afuera de las instalaciones legislativas.
Existe además una tendencia preocupante en la política contemporánea; la sustitución de la trascendencia por la visibilidad. Lo importante deja de ser aquello que transforma una realidad y pasa a ser aquello que produce una fotografía atractiva o una conversación pasajera. En ese contexto, una pantalla gigante tiene ventajas evidentes sobre una reforma administrativa compleja, un análisis presupuestal riguroso o una revisión seria del marco jurídico estatal. Lo primero genera aplausos inmediatos. Lo segundo exige trabajo. Y pocas cosas parecen menos populares en ciertos espacios públicos que el trabajo silencioso.
Lo verdaderamente irónico es que la propuesta se presenta bajo el argumento de fomentar la convivencia. Como si la función principal del Congreso fuera organizar momentos de integración colectiva. Si ese criterio se convierte en regla, pronto podrían aparecer semanas culturales, torneos internos, festivales temáticos o cualquier otra actividad capaz de generar un ambiente agradable. Lo grave es que ninguna sustituiría la responsabilidad fundamental de legislar.
La discusión, en el fondo, no trata sobre futbol. Trata sobre prioridades. Sobre la facilidad con la que asuntos secundarios ocupan espacios que deberían destinarse a problemas reales. Sobre la tentación permanente de convertir las instituciones en escenarios de entretenimiento cuando fueron diseñadas para ser centros de decisión pública. Y sobre una clase política que, con frecuencia, parece más interesada en acompañar las emociones del momento que en enfrentar los desafíos de largo plazo.
Antes de que me lo digan. Sé bien que el Estado y los Ayuntamientos también han organizado actividades en el marco del Mundial, pero, en el uso de sus funciones y atribuciones, se puede justificar el hecho. Nada que ver con el Congreso.
Cavilaciones:
Primera: Alejandro Polanco es encargado del despacho en la Dirección de Protección Civil del Ayuntamiento capitalino. Abogado de profesión, le anda picando los ojos al alcalde Enrique Galindo. Las quejas por sus intentos de extorsión se acumulan cada día. Por si fuera poco, aplica leyes y reglamentos a contentillo pretendiendo cobrar pequeñas venganzas tontas que sólo le causan malquerencias al edil. Así pasa cuando sucede.
Segunda: El fantasma de una rebelión recorre las entrañas de Morena en San Luis Potosí. Se sabe que son caníbales políticos, pero parece que hay un grupo que trabaja en busca de derrocar a Rita Rodríguez. Los sabios aconsejan que, en política, si ves a tus adversarios empeñados en autodestruirse, no los interrumpas ¡Miau!
Tercera: En las altas esferas del panismo potosino, se asegura que Vero Rodríguez es la candidata al Gobierno de San Luis Potosí en el 2027 y que la cúpula nacional que encabeza Jorge Romero le clavará un frío puñal por la espalda a Enrique Galindo. Lo dicho: ¡El que traiciona una vez, traiciona siempre!