El xoconostle, fruto cuyo nombre proviene del náhuatl y significa «tuna agria», se consolida como uno de los elementos más distintivos de la gastronomía y biodiversidad mexicana. Perteneciente a la familia de las cactáceas (Opuntia joconostle), esta fruta se distingue de la tuna común por su característico sabor ácido y su capacidad única de permanecer en la planta durante todo el año sin caerse.
Este arbusto, que alcanza hasta 2.5 metros de altura, no solo es valorado por su fruto, sino también por su belleza ornamental en las zonas semidesérticas del centro del país. Ubicado principalmente en estados como Zacatecas, Hidalgo y San Luis Potosí, este fruto endémico destaca por un perfil nutricional excepcional.

Es una fuente poderosa de antioxidantes, fibra y, sobre todo, vitamina C; se estima que consumir apenas un tercio de su cáscara cubre el requerimiento diario para un adulto. Además de fortalecer el sistema inmune, el xoconostle es un aliado clave en la medicina preventiva, ya que ayuda a regular los niveles de azúcar, colesterol y triglicéridos, siendo altamente recomendado para personas con diabetes.

Dada su versatilidad, el xoconostle puede disfrutarse de forma directa o como ingrediente en una amplia variedad de guisos y licuados que aprovechan su acidez para realzar sabores. Al estar disponible durante todas las estaciones gracias a su resistencia en la penca, es común encontrarlo en mercados y tianguis locales.