Durante décadas, fueron los invisibles de la Transición y los olvidados de la democracia. Los cuerpos marcados por el VIH y las venas rotas de la heroína no tenían lugar en el relato oficial del «milagro español». Hasta hoy. El Museo Reina Sofía ha inaugurado su nueva colección permanente, y lo ha hecho saldando una deuda histórica con una generación diezmada: la de los muertos vivientes y los vivos murientes.
Bajo este crudo epígrafe, las nuevas salas del museo no solo exponen cuadros; exponen una herida abierta. La propuesta museística rescata el activismo artístico de los años 80 y 90, transformando el hospital y la calle en espacios de lucha política.
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El sida como estigma: La exposición muestra cómo el arte fue la única herramienta para humanizar a quienes la sociedad prefería ver en fosas comunes o pabellones aislados.
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La heroína y el margen: No se trata de una visión romántica del «yonqui», sino de una crónica visual del abandono institucional y la degradación física en los barrios periféricos.
Críticos y supervivientes coinciden: esta inclusión es un acto de justicia poética. Las instituciones españolas llevaban décadas aplazando este reconocimiento, tratando la crisis del sida y la drogadicción como un «error del sistema» más que como una tragedia nacional que definió la cultura contemporánea.
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