Son las 3 a.m. y los créditos de tu serie favorita aparecen de nuevo en pantalla. Lo que parece un simple hábito de ocio nocturno podría ser, en realidad, es la manifestación de una soledad silenciosa. ¿Lo sabías?
Según un estudio publicado en la revista científica PLOS One, existe una correlación directa entre el sentimiento de desconexión social y el consumo compulsivo de contenido audiovisual. Para muchas personas, estas narrativas no son solo entretenimiento, sino una «compañía simulada» que busca llenar el vacío dejado por la falta de interacciones humanas reales en su día a día.

La investigación identifica dos vías principales por las que el cerebro se vuelve dependiente de las pantallas: el escapismo y la mejora emocional. Mientras que algunos utilizan las tramas como un analgésico para bloquear la ansiedad y los pensamientos negativos, otros buscan en la ficción la euforia que su vida cotidiana no les proporciona.
El riesgo radica en que este mecanismo de defensa puede anular la capacidad del individuo para gestionar sus emociones en el mundo real, creando un ciclo de consumo sin límites que sustituye el contacto físico por un refugio digital.

No obstante, los expertos aclaran que ver series no es intrínsecamente tóxico; la clave reside en el control y el conflicto vital. Un consumo se considera saludable cuando no interfiere con las obligaciones ni el sueño, y cuando el espectador puede apagar el televisor sin sentir irritabilidad.