Enamorarse suele vivirse como una experiencia profundamente subjetiva, casi mágica. Sin embargo, detrás de esa sensación de euforia, obsesión y conexión intensa existe una compleja coreografía neuroquímica que el cerebro ejecuta con notable precisión. Lejos de restarle misterio al amor, comprender su base biológica nos permite apreciarlo como uno de los fenómenos más sofisticados de la experiencia humana.
El enamoramiento activa, ante todo, el sistema de recompensa del cerebro. Regiones como el área tegmental ventral y el núcleo accumbens (las mismas que participan en la motivación y el placer) se encienden con fuerza cuando pensamos en la persona amada. En este proceso, la dopamina juega un papel central. Este neurotransmisor está asociado al deseo, la motivación y la anticipación del placer, y explica por qué el enamoramiento se siente energizante, absorbente y, en ocasiones, adictivo. No es casual que el cerebro enamorado muestre patrones similares a los observados en ciertas conductas adictivas: la atención se estrecha y la persona amada se convierte en un estímulo prioritario.
Junto con la dopamina, la noradrenalina contribuye a los síntomas clásicos del enamoramiento: el corazón acelerado, las manos sudorosas, la dificultad para dormir o concentrarse. Este estado de activación fisiológica mantiene al organismo en alerta, como si algo crucial estuviera ocurriendo (y, desde una perspectiva evolutiva, lo está). Curiosamente, durante esta etapa inicial también se observa una disminución de la serotonina, neurotransmisor relacionado con la regulación del estado de ánimo y el pensamiento obsesivo. Esta reducción podría explicar la rumiación constante y la idealización característica de los primeros momentos del amor.
A nivel cerebral, el enamoramiento también implica una modulación de la corteza prefrontal, región asociada al juicio crítico y la toma de decisiones. Su actividad disminuye, lo que puede traducirse en una menor evaluación de riesgos y defectos. En otras palabras, el cerebro enamorado tiende a “bajar la guardia”, favoreciendo la vinculación por sobre el análisis racional.
Con el tiempo, si la relación se consolida, la química del amor cambia. Entran en escena la oxitocina y la vasopresina, hormonas vinculadas al apego, la confianza y la estabilidad emocional. Estas sustancias fortalecen el vínculo a largo plazo, promoviendo la sensación de calma, seguridad y pertenencia. El amor apasionado da paso, entonces, a un amor más sereno, sostenido menos por la euforia y más por la conexión profunda.
Entender el enamoramiento desde la neurociencia no lo reduce a una simple reacción química. Por el contrario, revela cómo el cerebro integra biología, emoción y experiencia para facilitar uno de los vínculos más significativos de la vida humana. El amor, en última instancia, no es solo lo que sentimos, sino también lo que nuestro cerebro aprende a construir con otro.
Estefanía López Paulín
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