
En la vida cotidiana, es común encontrarse atrapado entre dos polos opuestos: el excesivo optimismo, por un lado, y el pesimismo más absoluto, por el otro. Estas posturas extremas pueden ser perjudiciales, ya que nos impiden abordar los desafíos de manera realista. Vivir en el optimismo desmesurado puede llevar a la desilusión cuando las cosas no salen como esperamos, mientras que caer en la negatividad nos impide ver las oportunidades que la vida nos ofrece. La clave, entonces, está en encontrar un equilibrio que nos permita navegar entre estos extremos con una perspectiva más sana y objetiva.
El optimismo es valioso, pero llevado al extremo, se convierte en un peligroso motor de desilusión. El «todo estará bien» puede ser reconfortante en momentos difíciles, pero si no se acompaña de una acción realista o de una toma de decisiones fundamentada, puede crear expectativas irreales. El positivismo exacerbado puede incluso llevar a la parálisis, ya que la persona se aferra a la idea de que todo se resolverá sin necesidad de esfuerzo o planificación.
Por otro lado, la negatividad también tiene su peso. Cuando caemos en un pesimismo constante, nuestra capacidad para encontrar soluciones disminuye drásticamente. La visión negativa puede nublar nuestra capacidad de actuar, ya que se nos presenta el mundo como un lugar lleno de obstáculos insuperables. El pesimismo extremo nos impide ver las oportunidades que surgen en medio de las dificultades, y nos condena a una perspectiva en la que las cosas nunca mejorarán, independientemente de lo que hagamos. Las personas que adoptan una visión excesivamente negativa tienden a evitar enfrentarse a los problemas, pues creen que cualquier esfuerzo es inútil.
Sin embargo, lo que necesitamos no es ni una actitud completamente positiva ni completamente negativa. Lo que necesitamos es un equilibrio entre ambas posturas, una forma de pensar que reconozca las dificultades y los obstáculos, pero también que se enfoque en las oportunidades y las soluciones. Este enfoque equilibrado nos permite tener una visión más realista y pragmática de la vida. En lugar de esperar que todo se solucione mágicamente, podemos hacer planes concretos y tomar decisiones informadas, pero sin caer en el miedo y la desesperanza que suele acompañar al pesimismo.
El equilibrio implica aceptar que la vida tiene altibajos. No todo es perfecto, pero tampoco todo es tan negativo como parece. Es esencial ser conscientes de nuestras emociones y pensamientos, y aprender a reconocer cuando estamos cayendo en los extremos. Practicar la autoobservación, la reflexión constante y la autocompasión nos puede ayudar a mantenernos en un camino intermedio, donde podamos tomar decisiones más acertadas, sabiendo que los desafíos son parte de la vida, pero también lo son las soluciones.
El equilibrio entre el positivismo y la negatividad es crucial para tener una vida plena y saludable. No se trata de ignorar los problemas ni de aferrarse ciegamente a un futuro idealizado, sino de entender que, para superar las dificultades, necesitamos una visión clara y equilibrada, que nos permita adaptarnos a las circunstancias sin perder la esperanza ni caer en el derrotismo.
Estefanía López Paulín
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