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Elucubraciones: El escrutinio

Por El Gato Filósofo

El quinto año de un gobierno estatal, tradicionalmente, suele parecerse mucho a esas cenas familiares donde todos sonríen para la foto mientras, debajo de la mesa, comienzan a darse de patadas. Es el momento en que las lealtades se ponen a prueba, los proyectos se tensionan y más de uno empieza a sacar discretamente la calculadora electoral para ver hacia dónde conviene moverse antes de que cambie el viento.

Ricardo Gallardo, el gobernador de San Luis Potosí, lo sabe. Y quizá por eso, mientras públicamente mantiene el ritmo de giras, obras y anuncios, en privado parece estar ejecutando una silenciosa reingeniería política. No se trata solamente de reorganizar el gabinete o ajustar estrategias administrativas; el fondo es mucho más delicado: averiguar quién sigue verdaderamente dentro del proyecto y quién ya comenzó a jugar a dos bandas.

Así funciona el poder. Cuando un gobernador entra a su etapa decisiva, aparecen los conversos de último minuto, los operadores institucionales que, casualmente, empiezan a frecuentar otras oficinas, y los alcaldes que descubren una súbita afinidad ideológica con cualquier partido que les garantice supervivencia después de 2027. La doctrina no importa demasiado; lo importante es no quedarse fuera de la próxima repartición.

En San Luis Potosí, el fenómeno ya es visible. Hay presidentes municipales que, en el discurso, siguen vestidos de verde, pero políticamente empiezan a coquetear con Morena, tantean a Movimiento Ciudadano o hasta buscan reencontrarse con un PAN y un PRI que, aunque disminuidos, todavía conservan ciertas rendijas de poder. En política nadie se jubila del todo, sólo se cambia la camiseta mientras jura convicción eterna con el proyecto que convenga.

La obsesión de muchos alcaldes no es necesariamente fortalecer una estructura estatal ni consolidar un proyecto de largo plazo. El objetivo inmediato es mucho más terrenal; dejar sucesor, heredar el ayuntamiento, mantener el control presupuestal, político y territorial, aunque cambie el color del membrete. Si para lograrlo deben seguir en el Verde, seguirán; si mañana conviene brincar a Morena o a MC, también encontrarán argumentos históricos para justificar la mudanza.

Y es ahí donde Gallardo parece haber entrado en fase de escrutinio. Más que discursos de lealtad, quiere pruebas de operación política real. Saber quién trabaja efectivamente para el proyecto del 27 y quién sólo administra tiempos mientras negocia en otras mesas. Y es que, una cosa es la disciplina en el templete y otra muy distinta la conversación que ocurre en corto, lejos de las cámaras y del ojo público.

El problema para cualquier gobernador es que el poder desgasta incluso a sus aliados. Conforme se acerca la sucesión, la estructura comienza a fragmentarse de manera natural. Algunos buscan protección anticipada, otros intentan construir rutas alternas y varios simplemente calculan cuál será el barco con menor riesgo de hundimiento. La lealtad absoluta, en política mexicana, suele durar, ni más ni menos, hasta que aparecen las encuestas.

Por eso el momento actual no es cosa mínima. Gallardo no se limita a administrar un gobierno, está intentando medir la profundidad real de su propio movimiento. Saber con quién puede contar cuando llegue la disputa definitiva y quiénes, en cualquier rato, preferirán declararse abiertos al diálogo con cualquier fuerza que les permita seguir respirando políticamente.

El quinto año siempre genera escozor. Es cuando el aplauso deja de ser garantía de fidelidad y cuando los proyectos descubren cuántos de sus integrantes estaban por convicción y cuántos nomás lo estaban por la cercanía al presupuesto.

En ese ejercicio, el gobernador parece haber entendido algo fundamental; las traiciones rara vez se anuncian, por lo general se disfrazan de prudencia, de neutralidad o de madurez política. Dicen que ya tiene a varios en la mira. Pronto lo sabremos.

Cavilaciones:

Primera: En Guadalcázar, el presidente municipal, Gumaro Verdín Puente, se anda pasando de lanza con la gente. El tipo se volvió tan loco que no sólo ha saqueado las arcas del Ayuntamiento, sino que se siente el capo de capos, de tal manera que aquel que se atreve a exigirle que trabaje, que desquite su salario y que deje de robar los recursos del pueblo, literalmente pinta su calavera. Que alguien se apiade de esa gente.

Segunda: Ayer, en la Huasteca, le fue como en feria al delegado de CONAGUA, Darío González Castillo. El funcionario federal acudió a una reunión del Organismo de Cuenca del Río Gallinas. Darío es un abogado grillo y tiene cierta labia, pero a los productores agrícolas de la región eso les vale redonditamente nada. Saben tratar a la gente de esa calaña. Se le juntan los problemas al delegado ¡Miau!

Tercera: El presidente municipal de la capital potosina, Enrique Galindo Ceballos, entregó, ayer, reconocimientos a los artistas potosinos que participaron en el Festival San Luis en Primavera. Enhorabuena para todos ellos. El mensaje que deja tiene muchas miras de futuro.

 

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