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Elucubraciones: Seguridad y la lucha contra el miedo

Por El Gato Filósofo

Fui invitado al informe que ofreció el alcalde Enrique Galindo y el comisario Juan Antonio Villa sobre el estado que guarda la capital potosina en materia de seguridad. Moví muchas cosas en mi gatuna agenda, pero no me lo podía perder. Me interesaba conocer la versión de las autoridades municipales en un tema tan sensible y, bueno, me llevé muchas sorpresas.

Confieso que llegué con la ceja levantada. En San Luis Potosí hablar de seguridad siempre provoca una mezcla de expectativa, escepticismo y memoria reciente, sin embargo, conforme avanzó la exposición, las cifras comenzaron a imponerse sobre las percepciones, esas que tantas veces dominan la conversación pública, y el discurso se fue llenando de datos duros, de esos que no admiten demasiadas piruetas retóricas.

De acuerdo con los números presentados, la capital registra los mejores resultados en materia de seguridad de la última década. No es una frase ligera ni un eslogan de ocasión. Los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran reducciones importantes en prácticamente todos los delitos. El homicidio doloso, el indicador que suele ser el termómetro más crudo de la violencia, presenta una baja cercana al 50 por ciento respecto a años anteriores. Feminicidio y secuestro, delitos que lastiman no sólo a las víctimas directas sino al tejido social completo, muestran disminuciones todavía más pronunciadas, con cifras que rondan entre el 70 y 80 por ciento.

En los delitos patrimoniales, los que afectan la vida cotidiana y la sensación de tranquilidad, también hay descensos relevantes. Robo a casa habitación, a negocio, a transeúnte y de vehículo van a la baja, según los registros oficiales. No es poca cosa en una ciudad donde, durante años, el robo fue casi parte del paisaje urbano, normalizado a fuerza de repetición.

Quizá uno de los datos que más llamó mi atención no vino sólo de las carpetas de investigación o de las cifras llanas, sino de la percepción ciudadana. La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI coloca a San Luis Potosí capital entre las ciudades donde la percepción de inseguridad ha disminuido de manera sostenida. Dicho de otro modo; no sólo hay menos delitos, también hay menos miedo. Y eso, en términos de política pública, es oro puro. Los potosinos están perdiendo el miedo.

El informe también hizo énfasis en factores que suelen pasar desapercibidos, pero que pesan más de lo que creemos; iluminación pública, presencia policial, tiempos de respuesta y patrullajes focalizados. La capital presume ser una de las ciudades mejor iluminadas del país, y aunque suene a detalle menor, cualquiera que haya caminado una calle oscura sabe que la luz también es una forma de prevención.

Ahora bien, sería ingenuo, o francamente deshonesto, caer en la tentación del aplauso fácil. Las cifras son buenas, sí. Históricas, también, pero la seguridad no se resuelve con gráficas ascendentes y porcentajes a la baja. Aún hay colonias donde la percepción no coincide con el promedio, zonas donde la presencia del delito sigue siendo un tema diario y ciudadanos que no sienten todavía ese cambio del que hablan los informes.

Además, en materia de seguridad, la coordinación con el Estado y la Federación sigue siendo el gran reto. Porque de poco sirve que la capital haga su tarea si los límites territoriales siguen siendo líneas imaginarias para el crimen. La suma de voluntades entre corporaciones, fiscalías y niveles de gobierno no es un discurso bonito, es una necesidad urgente.

Salí del informe con una sensación extraña, poco común en estos tiempos: optimismo moderado. Las cifras respaldan el mensaje y la percepción comienza a acompañarlo, pero también con la certeza de que este es apenas un tramo del camino. La seguridad es frágil, se construye todos los días y se pierde con facilidad. Hoy, San Luis Potosí capital muestra avances claros. Mañana, si se baja la guardia o se rompe la coordinación, el discurso podría cambiar.

Por ahora, los números hablan bien. Que no se nos olvide que el verdadero reto es que sigan hablando igual de bien dentro de unos años, y no sólo en un informe, sino en la vida diaria de la ciudad.

Cavilaciones:

Primera: A menos que hagan magia, los constructores de la Universidad Nacional Rosario Castellano no la tendrán lista para el sábado, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum venga a San Luis Potosí para inaugurarla. Mis amigos de Código San Luis hicieron, ayer, un recorrido por la obra y pudieron observar que, si viene Sheinbaum, inaugurará una universidad en obra negra ¡Uy! ¡Qué mello! Recuerden que la señora, doña Clau, anda muy irritable.

Segunda: Una guerra boba está naciendo entre gallardistas. Los primeros misiles los ha lanzado el bando del secretario general de Gobierno, J. Guadalupe Torres Sánchez, vía el Instituto de Fiscalización Superior del Estado. Los destinatarios de las balas mediáticas son el Congreso del Estado, el CEEPAC, el Centro de Convenciones y un par de dependencias más. Diría Juan Gabriel: ¡Pero qué necesidad! El gobernador no necesita un conflicto entre Lupe Torres y Héctor Serrano, pero parece que el hombre fuerte y controlado que era Torres se ha transformado en un hombre irascible, fuera de control. Si el pleito es cierto, veremos de todo y todo quiere decir toooooodo ¿Será que Torres está fraguando una emboscada que podría acabar con el movimiento que hoy gobierna el territorio del Potosí? De cara al 2027 todo es posible. Veremos cosas peores, dice la Biblia ¡Que Dios reparta suerte!

Tercera: Ayer, se viralizó un video en el que aparece el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, mientras sus compañeros le limpian los zapatos previa al evento conmemorativo del aniversario de la Constitución. En San Luis Potosí, no andan tan lejos de eso. Al menos 10 personas atienden las necesidades de la presidenta del Poder Judicial, Lourdes Anahí Zarazúa Martínez. Uno le carga la bolsa, otro el café, otro le arregla su atuendo, otro le maneja, uno más le acomoda la silla. Humildes, lo que se dice humildes, no son los nuevos integrantes de los órganos de justicia de este México Mágico.

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