La renuncia de la diputada Aranza Puente al Partido Acción Nacional (PAN) no es un hecho aislado ni producto de un arrebato personal. Es, más bien, el síntoma más visible de una crisis profunda, prolongada y largamente advertida que hoy sacude al PAN en San Luis Potosí y que amenaza con costarle muy caro rumbo a las elecciones de 2027.
Puente decidió irse después de años de militancia y trabajo partidista, denunciando exclusión, marginación y un ambiente interno asfixiante. Su salida no sólo desnuda el desgaste de la vida interna del PAN, sino que confirma lo que el diputado federal David Azuara ya había advertido con claridad: el partido está fracturado, dividido en grupos irreconciliables y sin una conducción que privilegie la unidad por encima del control.
Azuara habló de crisis cuando todavía había margen para corregir el rumbo. Hoy, con una diputada menos y con militantes inconformes haciendo maletas, el diagnóstico se queda corto: el PAN potosino no sólo está dividido, está en riesgo de implosionar.
En el centro de este caos aparece un nombre que se repite una y otra vez en los corrillos panistas: Verónica Rodríguez, presidenta del Comité Directivo Estatal y senadora de la República. A ella se le atribuye buena parte del desastre interno. Militantes, consejeros y cuadros históricos coinciden en señalar que, desde su llegada, se instauró una política de exclusión sistemática contra todo aquel que no se pliegue a sus decisiones o a su proyecto personal de poder.
No son pocos los que, incluso, la comparan, con ironía y preocupación, con Claudia Sheinbaum, pues aseguran que ha replicado en el PAN un modelo autoritario, vengativo, persecutorio y cerrado, donde la disidencia se castiga y la obediencia se premia. El caso más emblemático es el de Lidia Argüello, una panista con más de 30 años de militancia, cuyo “pecado” fue aspirar legítimamente a dirigir el partido por el que ha trabajado durante décadas.
Lejos de abrir el debate, se afirma que desde el Comité Estatal y vía el secretario del partido, Enrique Dahud, se busca incluso expulsarla, mientras se mantienen lealtades bajo una lógica que muchos describen como mafiosa, con amenazas veladas, retiro de empleos, cancelación de espacios políticos y el envío directo al matadero político de quien ose dudar o disentir.
El objetivo parece claro; controlarlo todo. Y en esa obsesión por el dominio absoluto, Verónica Rodríguez ha encontrado un refugio y un aliado total en el diputado local Rubén Guajardo, convertido, según dicen dentro del PAN, en su sensei político: su estratega, su consejero, su fiscal, su policía y su principal operador. Un poder concentrado en pocas manos, sin contrapesos ni autocrítica.
Lo más grave es que, embriagada por el control que ha acumulado, la dirigencia estatal se muestra dispuesta a pasar por encima de perfiles con mayor trayectoria, arraigo y credibilidad dentro del panismo potosino. Se sacrifica la experiencia en el altar de la lealtad ciega. Se margina a quienes construyeron al partido para privilegiar a quienes garantizan obediencia.
Hoy, los rumores de una fuerte desbandada no suenan descabellados. Al contrario, parecen el siguiente capítulo de una historia mal gestionada. Y si eso ocurre, el resultado será un debilitamiento rotundo de uno de los partidos que, por historia y vocación, debería ser una oposición real y competitiva en 2027.
El PAN de San Luis Potosí enfrenta una disyuntiva urgente; corregir el rumbo o seguir cavando su propia tumba. Porque las fracturas internas no sólo cuestan militantes, cuestan credibilidad, votos y futuro. Y el 2027 no espera a nadie.
Cavilaciones:
Primera. Los potosinos que fueron a la Feria Internacional de Turismo (FITUR) se quedaron bien apantallados cuando vieron llegar a los reyes Felipe y Leticia. El diputado Juan Carlos Valladares escribió: “Qué privilegio poder mostrar el talento de México a los reyes de España” Andaban de suerte ¡Miau!
Segunda: En el reparto de culpas por el berenjenal que provocó la Ley Gobernadora, ahora dicen que la ingeniosa idea fue nada más y nada menos que del secretario de Cultura, Mario García. Con esos funcionarios, ¿para qué quiere enemigos el gallardato?
Tercera: Hace unos días, fueron vistos muy animados, en el restaurante Marengo, los morenistas Gerardo Sánchez Zumaya y Gabino Morales, con el diputado federal del PAN, David Azuara. Dicen que Zumaya anda llore y llore porque la presidenta de Morena, Rita Rodríguez, no le da jugada y no lo compensa por todo el dinero que le ha dado para operar elecciones internas, acarreos de militantes a los eventos de la presidenta Sheinbaum, apoyos para la elección judicial y otras jugosas dádivas. Este filósofo le dice: Sana, sana, colita de rana, ya ni llorar es bueno.