SLP Titulares

Elucubraciones: La denuncia tras la protesta y el delito

Por El Gato Filósofo

Lo ocurrido en el Templo de la Compañía el pasado domingo 8 de marzo, en el marco de las movilizaciones por el Día Internacional de la Mujer no es un episodio menor ni una simple anécdota dentro de una jornada de protesta. Es, en realidad, un punto de quiebre que obliga a replantear los límites, cada vez más difusos, entre la legítima exigencia de justicia y la comisión de delitos.

El vandalismo registrado durante la marcha del 8M en San Luis Potosí no sólo dejó pintas o daños superficiales. Hubo afectaciones directas a un inmueble con valor histórico, protegido por la ley federal. Ese detalle, que podría parecer técnico, es en realidad el eje que hizo crecer el caso y la intervención de la Fiscalía General de la República no es un gesto político, sino una consecuencia jurídica.

El patrimonio histórico se vio afectado y el Estado está obligado a actuar. Y lo hará bajo un marco legal que no distingue causas, consignas ni contextos, sino conductas y responsabilidades, sin embargo, reducir el análisis a la aplicación de la ley sería simplificar un conflicto mucho más profundo.

Lo que está en disputa no es únicamente la integridad de un edificio, sino el sentido mismo de la protesta social. Durante años, el movimiento feminista ha construido legitimidad a partir de una exigencia innegable; justicia frente a la violencia sistemática contra las mujeres. Esa causa sigue siendo válida, urgente y necesaria. El problema surge cuando, en nombre de esa causa, se normaliza la destrucción como forma de expresión.

Ahí es donde la línea se rompe y va más allá del punto de vista legal, para trastocar también lo social. Es claro que cada acto de vandalismo no solo daña un bien material, también erosiona la legitimidad de la propia protesta, alimenta discursos de confrontación y abre la puerta a respuestas punitivas más severas.

En ese contexto, la decisión de la Fiscalía General de la República de atraer el caso tendrá implicaciones claras. Primero, marcará un precedente. No es lo mismo una falta administrativa atendida a nivel local que una investigación federal por daños a monumentos históricos. El mensaje es inequívoco; ciertos límites no serán tolerados.

Segundo, elevará el costo de estas acciones. Las posibles sanciones ya no se mueven en el terreno de lo simbólico, sino en el de lo penal, con consecuencias reales para quienes resulten responsables. Y tercero, inevitablemente, intensificará la polarización. Porque mientras unos verán justicia, otros verán criminalización.

En paralelo, han comenzado a aparecer narrativas que buscan encuadrar estos hechos en un escenario más amplio. Señalamientos que apuntan a un supuesto aumento de la persecución religiosa en el país durante el gobierno de Claudia Sheinbaum, apoyados en informes de organizaciones como Puertas Abiertas.

Ese contraste, de un acto de vandalismo en una marcha a una crisis nacional de libertad religiosa, resulta todavía más polémico. No porque el tema de la libertad religiosa no sea relevante, sino porque mezclar planos distintos termina por distorsionar el análisis y, en el fondo, politiza aún más un conflicto que ya de por sí es complejo.

Lo verdaderamente urgente está en otro lado. En frenar la normalización de la violencia como herramienta de protesta, en evitar que causas legítimas sean utilizadas como escudo para acciones ilegales y en garantizar que la respuesta del Estado no se convierta, a su vez, en un exceso.

Si algo deja claro este episodio es que todos los actores están siendo puestos a prueba. Las autoridades, en su capacidad para aplicar la ley sin caer en persecuciones selectivas, los movimientos sociales, en su coherencia entre causa y método y la sociedad, en su disposición a no caer en lecturas simplistas de buenos y malos.

Lo que sigue será decisivo. La investigación federal no sólo buscará responsables; también definirá el tono de lo que viene. Puede convertirse en un precedente de legalidad o en un nuevo capítulo de confrontación, pero, sobre todo, debería servir para algo más básico y más urgente: recordar que ninguna causa, por justa que sea, puede sostenerse indefinidamente sobre la destrucción.

Cavilaciones:

Primera: Con la llegada de la primavera, muchos políticos de la comarca potosina andan bien intensos queriendo asegurar una posición, aunque sea de regidor. En Morena, le prenden veladoras a Santa Rita; en el PAN, a doña Vero; y en el PRI, a Santa Sarita, pero como diría la abuela de este felino: De las tres, no se hace una ¡Miau!

Segunda: En la última reunión del gabinete, el gobernador Ricardo Gallardo le dio un apretón de tuercas a algunos de sus colaboradores. Yolanda Cepeda, secretaria de Turismo, y Sonia Mendoza, de la SEGAM, se llevaron discretas estrellitas. Yolanda, porque a todo dice que sí, y Sonia, porque les apagó el incendio en que se convirtió el asunto del Tangamanga Splash. La titular de Finanzas, Ariana García Vidal, secretaria de Finanzas, está convertida en una de las más confiables para el mandatario. Rosario Martínez, de SEDESORE, Leticia Vargas, de SEDUVOP, y Araceli Martínez, de la SCT, son del cuadro básico y leal.  De los señores, el secretario de Seguridad, Jesús Juárez, es el que mejores notas obtiene con su desempeño.

Tercera: Corre fuerte la versión de que otro grupo de panistas se va Movimiento Ciudadano. Ese Marco Gama salió más canijo que bonito. Por cierto, dicen que Xavier Nava, el exalcalde capitalino, le quiere quitar el partido. Chicle y pega ¡Grrr!

Botón volver arriba