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El poder de ponerle nombre a lo que sentimos

Libera tus emociones

Hay momentos en los que algo nos incomoda, nos oprime el pecho o nos deja inquietos, pero no sabemos exactamente qué es. Decimos “estoy mal”, “estoy raro”, “estoy sensible”, como si esas palabras generales pudieran contener lo que ocurre dentro. Sin embargo, desde la psicología sabemos que ponerle nombre a una emoción no es un simple acto descriptivo: es una forma de regulación emocional. Nombrar lo que sentimos transforma la experiencia.

Investigaciones en neurociencia afectiva han demostrado que cuando identificamos y verbalizamos una emoción (por ejemplo, decir “siento miedo” en lugar de solo sentirlo) se produce una disminución de la activación de la amígdala, la región cerebral asociada a la respuesta de amenaza. Al mismo tiempo, se activa la corteza prefrontal, encargada de procesar, organizar y dar sentido a la experiencia. En otras palabras, nombrar una emoción calma al sistema nervioso.

Este fenómeno se conoce como affect labeling (etiquetado emocional). Estudios han mostrado que las personas que logran identificar con precisión lo que sienten experimentan menos intensidad emocional y mayor sensación de control interno. No porque la emoción desaparezca, sino porque deja de ser una fuerza difusa e invasiva y se convierte en algo comprensible. Lo que se entiende, se puede acompañar; lo que no, se padece.

Muchas veces el malestar no proviene solo de la emoción en sí, sino de la confusión que genera no saber qué nos pasa. Cuando no logramos nombrar lo que sentimos, el cuerpo permanece en alerta, buscando una explicación. Esa tensión sostenida puede manifestarse como ansiedad, irritabilidad, cansancio emocional o incluso síntomas físicos.

Ponerle nombre a una emoción también implica validarla. Decir “estoy triste”, “estoy frustrado”, “siento culpa” es reconocer una experiencia interna sin juzgarla ni negarla. Esto es especialmente importante en culturas donde ciertas emociones son reprimidas o minimizadas. La psicología ha demostrado que evitar o suprimir emociones no las elimina; por el contrario, suele intensificarlas y prolongarlas en el tiempo.

Además, el lenguaje emocional amplía nuestra capacidad de autoconocimiento. No es lo mismo decir “estoy mal” que distinguir entre decepción, enojo o miedo. Cada emoción tiene una función distinta y nos señala una necesidad diferente. El enojo puede indicar un límite vulnerado; la tristeza, una pérdida; el miedo, una sensación de amenaza. Nombrar la emoción es escuchar el mensaje que trae.

Este proceso también tiene un efecto liberador en lo relacional. Cuando podemos expresar lo que sentimos con claridad, reducimos malentendidos y dejamos de actuar desde la emoción no reconocida. Muchas discusiones no surgen por lo que se dice, sino por emociones no nombradas que se filtran en la conducta. Darle palabras a lo que sentimos nos permite responder en lugar de reaccionar.

En el fondo, nombrar una emoción es un acto de presencia. Es detenernos, mirarnos por dentro y decir: “esto es lo que me pasa ahora”. No para quedarnos atrapados ahí, sino para permitir que la emoción cumpla su ciclo. Porque lo que se nombra se ordena, y lo que se ordena empieza a aliviarse. En ese gesto sencillo (ponerle palabras a lo que duele) comienza muchas veces la verdadera liberación emocional.

 

Estefanía López Paulín
Contacto: [email protected]
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