
La lectura entre jóvenes atraviesa una crisis mundial que comienza a reflejarse en indicadores educativos, culturales y sociales. Organismos internacionales han reportado una disminución sostenida en los niveles de comprensión lectora, especialmente después de la pandemia.
El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), coordinado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, reveló en sus evaluaciones más recientes una caída histórica en lectura entre adolescentes de 15 años en varios países. El retroceso no solo afecta el rendimiento escolar, sino también habilidades fundamentales como el análisis, la argumentación y la interpretación de información.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura ha advertido que el problema no se limita al acceso a libros, sino al cambio en los hábitos culturales. El tiempo que antes se dedicaba a la lectura se ha desplazado hacia el consumo rápido de contenidos en redes sociales y plataformas digitales.
Especialistas señalan que la lectura profunda fortalece conexiones neuronales vinculadas con la memoria, la empatía y el pensamiento crítico. Cuando el hábito lector disminuye, también se reduce la capacidad de concentración prolongada y el análisis complejo, habilidades clave en la educación superior y en el mercado laboral.
En América Latina, diversos estudios muestran que muchos estudiantes pueden decodificar palabras, pero enfrentan dificultades para comprender textos largos o identificar ideas centrales. Esta situación genera brechas académicas que se arrastran a lo largo de la formación profesional.
Las consecuencias van más allá del aula. Una menor comprensión lectora puede impactar la participación ciudadana, la toma de decisiones informadas y la capacidad de distinguir información confiable de la desinformación.
Ante este panorama, expertos proponen fortalecer programas de lectura desde la educación básica, promover bibliotecas escolares activas y fomentar entornos familiares donde el libro forme parte de la vida cotidiana. También recomiendan integrar herramientas digitales que complementen, pero no sustituyan, la lectura tradicional.
La crisis mundial de lectura no es solo un problema educativo; es un desafío cultural que exige respuestas coordinadas entre escuelas, gobiernos y familias para formar generaciones capaces de comprender el mundo que las rodea.