En la comunidad de Ojo Zarco, en una zona lejana de Mexquitic de Carmona, el nacimiento de un bebé no siempre empieza en un hospital, con especialistas atentos y máquinas que revisan hasta el menor de los latidos. Durante años, decenas de vidas han comenzado en las manos de Eulalia, una mujer de 86 años a quien, con cariño, llaman Lala o Lalita, cuyo esfuerzo se ha concentrado en acompañar a otras mujeres en uno de los momentos más trascendentales: el nacimiento de sus hijos.
“Ya ni me acuerdo cuántos bebés han sido”, dice sin alarde, como si se tratara de algo cotidiano, pero con ello confirma la larga experiencia que ha acumulado durante décadas. Tenía apenas 14 años cuando el destino la puso a prueba; su propia madre entró en labor de parto y no hubo tiempo para esperar ayuda. Con lo aprendido de su abuela y con más intuición que certeza, Eulalia recibió al último de sus hermanos. Ese día, no sólo nació un niño, nació también la partera que, con los años, se convertiría en referencia para toda la región.
Desde entonces, su aprendizaje no pasó por escuelas, sino por la experiencia y la transmisión de saberes entre mujeres. Su madre y su abuela le enseñaron a leer el cuerpo, a escuchar el silencio, a reconocer cuándo un parto avanza y cuándo se complica. Sus manos desarrollaron la habilidad de conocer el cuerpo de cada mujer y los movimientos de cada producto, así, pudo anticiparse a cualquier problema y evitar complicaciones durante el alumbramiento.
Su presencia en la región significa mucho más que un servicio, es confianza en medio del miedo y una guía de mucho valor entre tantas limitaciones y, aunque muchas personas la ven como una mujer valiente, hay noches que no olvida como aquella en la que una mujer llevaba horas en labor y el bebé no lograba acomodarse. No había transporte, ni médico cercano. Sólo estaban ellas y dos comadres más. Con toda su experiencia y ocultando el miedo, Lala intervino y guio el proceso hasta lograr que una niña naciera. El llanto que siguió no fue solo del recién nacido, sino de alivio compartido.
Historias como esa explican por qué su labor trasciende lo individual. En cada parto hay un acto de cuidado entre mujeres, una red invisible que sostiene la vida. La partería tradicional, muchas veces relegada, ha sido durante generaciones un pilar en comunidades rurales, y en ella, figuras como Eulalia encarnan el valor de ese conocimiento. “Muchas veces tuve miedo, pero me lo aguantaba” comenta.
Hoy, aunque los servicios de salud han llegado más cerca, su nombre sigue pronunciándose con respeto y más allá de cuántos nacimientos ha acompañado, su legado está en algo más profundo; en la felicidad de una madre, en la llegada de un nuevo ser, en la esperanza de una nueva vida.
Lalita dice que ya no tiene fuerza, que ya no es la misma mujer que podía enfrentar la adversidad y salir victoriosa, por eso ya no atiende partos, pero reconoce que se siente feliz cada vez que una joven se acerca a ella para pedirle consejos, para aprender.
A sus 86 años ya perdió la cuenta de cuántos bebés trajo al mundo, pero está consciente de que, con su enseñanza, ayudará a que muchos más nazcan sin problema alguno.
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