El chile se ha consolidado como la especia por excelencia de México, extendiendo su influencia desde las mesas nacionales hasta los rincones más remotos del mundo. Esta versátil hortaliza, presente en casi cualquier alimento, encontró en el formato en polvo una solución práctica y duradera para su transporte y consumo.
Desde tiempos inmemoriales, la posibilidad de espolvorear picante sobre frutas y platillos ha definido el paladar mexicano, convirtiendo al chile en un acompañante imprescindible de la vida cotidiana.

El origen de este condimento se remonta a la época prehispánica en Mesoamérica, donde pueblos como los mexicas perfeccionaron un método artesanal que aún sobrevive: tatemar los chiles en comal para luego molerlos en molcajete.
Este proceso, fundamental para la creación de platillos icónicos como el mole, permitía una conservación prolongada y facilitaba su comercio en grandes mercados como el de Tlatelolco.

Con el paso de los siglos, la receta evolucionó mediante la incorporación de ingredientes como sal, ajo y limón, elementos que terminaron por definir el perfil de sabor que hoy conocemos y que comenzó su expansión internacional a finales del siglo XIX.
En la actualidad, el chile en polvo vive una dualidad entre la producción industrial de marcas reconocidas y la tradición casera que respeta las técnicas ancestrales.

Más allá de su valor culinario, este producto destaca por sus propiedades nutricionales, pues al ser deshidratado conserva vitaminas A, B6 y C, además de minerales esenciales y capsaicina, un potente antioxidante.
