En la Plaza de Armas, entre cepillos, grasas y conversaciones cotidianas, Ávila Ramírez —mejor conocido como “el Muñiz”— ha pasado más de medio siglo dedicado al oficio de aseador de calzado. Con más de 54 años trabajando como bolero, su historia es también un retrato de la transformación social y económica de San Luis Potosí.
Originario del barrio de Tlaxcala, recuerda que comenzó trabajando desde niño vendiendo gelatinas y periódicos antes de aprender a bolear zapatos. En aquellos años, explica, era común que muchos jóvenes trabajaran como boleros para ayudar en la economía familiar. “Aunque el pantalón estuviera parchado, los zapatos tenían que ir limpios”, recuerda.
Sus primeros días boleando fueron en el jardín de Tlaxcala, donde competía junto a otros niños por conseguir clientes. Más tarde llegó a la Plaza de Armas, primero como ayudante y después como propietario de su propia silla. Con el tiempo trabajó en distintos puntos del Centro Histórico hasta establecerse definitivamente en el corazón de la ciudad.
El apodo de “el Muñiz” surgió durante un partido de futbol entre compañeros boleros, inspirado en un jugador del antiguo equipo Santos de San Luis. Desde entonces, el sobrenombre lo acompaña incluso más que su propio apellido.
Para el Muñiz, el oficio no solo representa un trabajo, sino una forma de vida. Asegura que disfruta la libertad, las conversaciones y el contacto diario con la gente. Muchos de sus clientes, dice, regresan más por la charla y el ambiente que por la boleada.
Aunque reconoce que los tiempos han cambiado y que el oficio ya no tiene la misma presencia de antes, considera que seguirá existiendo mientras haya personas que valoren la tradición.
“Si volviera a nacer”, dice entre risas, “volvería a ser aseador de calzado”.