La elección que se vivió el fin de semana en Coahuila dejó algo más que un resultado electoral. Dejó una advertencia. Mientras el PRI presume haber ganado los 16 distritos locales en disputa y celebra una victoria que pocos anticipaban con tal magnitud, en Morena comenzó el deporte favorito de la política mexicana después de una derrota; una búsqueda desesperada de culpables.
Según las versiones que circulan desde el norte del país, en el partido guinda nadie perdió. Perdieron los demás. Perdió la estrategia, perdieron los operadores, perdieron los candidatos, perdió la comunicación y, por supuesto, perdió el electorado. Todos parecen tener una explicación para el desastre, excepto una autocrítica.
El fenómeno merece atención porque Coahuila es mucho más que Coahuila. Muchos intentarán presentar el resultado como el regreso triunfal del PRI. Morena, por su parte, insistirá en las denuncias sobre irregularidades y compra de votos. Ambas interpretaciones contienen elementos de verdad, pero ninguna explica completamente lo ocurrido.
La explicación más sencilla suele ser la correcta: ganó el partido que llegó organizado y perdió el partido que asumió que su marca bastaba para ganar. Esa lección debería estar siendo estudiada con detenimiento en San Luis Potosí, porque, aquí, el panorama rumbo al 2027 comienza a adquirir rasgos particularmente interesantes.
Mientras el Partido Verde parece avanzar con una estructura política bien identificada y un liderazgo estatal definido en torno al gobernador Ricardo Gallardo Cardona, Morena parece cada vez más concentrado en resolver sus propias disputas internas y, por si fuera poco,, en los círculos políticos ya circula una versión que podría alterar todas las ecuaciones; Morena competiría sin alianzas por la gubernatura y la candidatura tendría que recaer en una mujer.
De confirmarse, el abanico de opciones se reduce de manera considerable. La conversación se centra en dos nombres; las hermanas Rodríguez Velázquez; Rosa Icela, actual secretaria de Gobernación, y Rita Ozalia, dirigente estatal del partido. Hasta ahí podría tratarse de una disputa política normal. Lo peculiar es que, a la par, los rumores también colocan a Rosa Icela como principal promotora de perfiles tan distintos como el empresario huasteco Gerardo Sánchez Zumaya y el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos.
¡Es una locura! Un juego perverso de ajedrez combinado con billar donde una pieza mueve a otra, que a su vez golpea una tercera, mientras el objetivo final parece ser construir cualquier ruta posible que permita enfrentar al Partido Verde en 2027. La estrategia es interesante, pero también plantea interrogantes ya que, si la candidatura de Morena está destinada a una mujer, resulta llamativo que al mismo tiempo se promuevan figuras masculinas. Si la apuesta es una candidatura propia de Morena, sorprende que aparezcan y se impulsen actores cuya relación con el partido es ammm… heterodoxa. Y si el propósito es construir unidad, las señales emitidas hasta ahora parecen producir exactamente el efecto contrario.
A ello se suma otro factor. Quienes conocen la política potosina saben que ganar una elección estatal requiere mucho más que influencia en la Ciudad de México. Es preciso conocer regiones, liderazgos, grupos locales, agravios históricos y equilibrios internos. En otras palabras, requiere conocer San Luis Potosí.
Por eso llamó la atención el reciente posicionamiento que surgió desde la Secretaría de Gobernación. Más que proyectar fortaleza política, dejó la impresión de una lectura parcial de la realidad local y de una cercanía selectiva con determinados grupos de dizque activistas, la protección a grupos de choque y un desconocimiento pleno de la realidad que se vive en el estado que pretenden gobernar. Nada grave, desde luego. Salvo por un detalle; quien aspire a presidir el Ejecutivo Estatal, necesita construir mayorías, no únicamente simpatías de nicho.
Mientras tanto, el resto de los jugadores observan con mucha tranquilidad. Mientras unos discuten candidaturas, otros fortalecen estructuras. Mientras unos reparten responsabilidades por derrotas ajenas, otros preparan la siguiente elección. Mientras unos intentan definir quién encabezará el proyecto, otros ya trabajan para conservar el poder. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Coahuila.
En fin, la victoria del PRI no surgió de una revelación ideológica ni de un fenómeno nacional. Surgió de una estructura política que entendió que las elecciones se ganan mucho antes de la jornada electoral. Quizá por eso el resultado coahuilense debería preocupar menos al PRI y mucho más a Morena. No porque anuncie una derrota inevitable en 2027, sino porque exhibe una verdad que en política suele ser devastadora; los adversarios son peligrosos, pero las divisiones internas suelen ser mucho más eficientes.
Cavilaciones:
Primera: Cuentan que el secretario de Cultura, Juan Carlos Torres Cedillo, anda muy amuinado porque no quería dejar la Secretaría de Educación. Cuentan sus cercanos que ya hasta andaba repartiendo secretarías del siguiente gobierno. No, pues qué influyente es don Juan Carlos ¡Miau!
Segunda: En Matehuala, el dos veces presidente municipal, Pepe Nava, está encabezando casi todas las reuniones de trabajo del Partido Verde. Los que saben, dicen que se le considera para buscar, por tercera vez, la alcaldía de la Ciudad de las Camelias ¡Que con su pan de lo coma!
Tercera: La fiebre mundialista ha provocado la proliferación de puestos de camisetas de la Selección Nacional. Y como en esto todo juega, según los chamanes, brujos y videntes, los mexicanos llegaran al quinto partido ¡Que Dios reparta suerte!