Mucho antes de la llegada de los europeos, el conejo fue una pieza fundamental en la dieta mesoamericana, supliendo la carencia de grandes animales domésticos con una fuente de proteína accesible y abundante.
Al no haber sido domesticado, su consumo dependía de una relación estrecha con el entorno; las comunidades debían dominar técnicas de caza colectiva y un profundo conocimiento de los hábitos de especies como el teporingo y las liebres locales.
Esta práctica no solo garantizaba el sustento, sino que forjaba una dinámica de respeto hacia la naturaleza, donde cada parte del animal era aprovechada, desde la carne para la alimentación hasta la piel para el abrigo.
En la cocina, el conejo demostró ser un ingrediente sumamente versátil que se integró con maestría al sistema alimentario basado en el maíz, el frijol y la calabaza. Su preparación fue desde lo más elemental, como el asado directo a las brasas, hasta combinaciones complejas con chiles, especias y hierbas.
LA sofisticación culinaria dio origen a técnicas ancestrales que perduran hasta hoy, como el uso de la penca de maguey en el mixiote o la integración de elementos como el cacao en los moles prehispánicos, consolidando al conejo como un protagonista en la riqueza gastronómica de la región. Hoy en día, se prepara más en adobo o mole.


