
En la política mexicana hay procesos que nacen con vocación democrática y otros que nacen con resultado incluido. Lo que hoy comienza a perfilarse en torno a la designación de los llamados “Coordinadores Estatales de la Defensa de la Transformación”, en Morena, parece encajar con mucha precisión en la segunda categoría. El calendario interno marca que será hasta el 22 de junio cuando arranquen formalmente los procesos para definir a estos perfiles, sin embargo, a la fecha, ya circulan encuestas y mediciones que parecen encaminarse a la construcción de una realidad que tendrá que encajar a como dé lugar.
Conviene preguntarse, si ya se sabe quién va arriba ¿Qué caso tiene el proceso? La respuesta, desde luego, no está en la militancia, sino en la lógica de un partido que, a lo largo de su historia, ha demostrado que la democracia interna suele ser más un recurso discursivo que una práctica efectiva. Morena, que nació bajo la bandera de la participación y la voluntad popular, ha terminado por replicar y perfeccionar los vicios que tanto criticó; decisiones centralizadas, candidaturas definidas desde la cúpula y una militancia que observa, pero que no decide.
La lista difundida recientemente no puede pasar desapercibida. Plantea, con nombre y apellido, a quienes supuestamente encabezan las preferencias en 17 estados, bajo un esquema de paridad de género que nadie podría cuestionar, sin embargo, el problema no es la paridad, sino la certeza anticipada. Veámoslo bien; si el proceso apenas está por comenzar y ya hay ganadores, lo que sigue no será una competencia, sino una formalidad cuidadosamente administrada. Una simulación, pues.
En ese contexto, el caso de San Luis Potosí merece una lectura aparte. La inclusión de Rosa Icela Rodríguez Velázquez como la figura que “encabeza” las preferencias resulta, por decirlo de alguna manera, llamativa. No por su trayectoria nacional, que es indiscutible, sino por su débil conexión con la realidad política y social del estado. Para buena parte de la ciudadanía y de la propia militancia, se trata de un perfil distante, poco conocido en el territorio y con escasa presencia en la agenda local. Su desempeño como funcionaria federal difícilmente ha tenido impacto directo en San Luis Potosí, lo que complica sostener la narrativa de un liderazgo arraigado.
A este escenario se suma la figura de Rita Ozalia Rodríguez Velázquez, presidenta del Comité Directivo Estatal de Morena y hermana de la propia secretaria de Gobernación. Su gestión ha estado marcada por cuestionamientos constantes, particularmente por la apertura del partido a perfiles que arrastran antecedentes negativos ante la opinión pública como exalcaldes señalados por corrupción, figuras recicladas de otros partidos y personajes cuya cercanía con prácticas cuestionables ha sido ampliamente documentada. La transformación, en estos casos, parece más un cambio de siglas que de conductas.
En medio de este tablero aparece Gerardo Sánchez Zumaya, un perfil que, a pesar de las críticas por su pasado, ha logrado conectar con ciertos sectores de la población. Su estilo directo, su narrativa disruptiva y su posicionamiento reciente lo han colocado como una opción visible dentro de Morena en el estado. Desde luego, su crecimiento también lo convierte en una especie de piedrita en el zapato para quienes prefieren procesos sin sobresaltos ni sorpresas.
¿Qué tendría que ocurrir para que el proceso que iniciará del 22 de junio tenga credibilidad? En teoría, bastaría con reglas claras, piso parejo y una encuesta verdaderamente transparente. En la práctica, implicaría algo más complejo; permitir que la militancia decida sin interferencias, que los perfiles compitan en igualdad de condiciones y que el resultado no esté escrito de antemano.
Para quien aspire a encabezar la coordinación estatal y, con ello, abrir la puerta a la candidatura a la gubernatura, el reto debería ser construir legitimidad real, no sólo institucional. Eso implica recorrer el estado, escuchar a la base, generar confianza y, sobre todo, demostrar que se tiene algo más que respaldo desde el centro del país.
Seamos realistas. El electorado potosino ya no es aquel que aceptaba todo sin resistencias, ahora cuestiona y espera lo mejor de cada partido. Prueba de ello serían los rotundos fracasos de Mónica Rangel y Xavier Nava, pero, bueno, Morena ha perfeccionado el arte de simular competencia donde ya hay decisión, de abrir procesos que cierran en el mismo punto donde comenzaron. Y en ese juego, la democracia interna queda relegada a un papel secundario, útil para el discurso, pero inexistente en la práctica.
Al final, el verdadero reto no será ganar una encuesta, sino convencer a una ciudadanía que, cada vez con mayor claridad, distingue entre una elección y una designación disfrazada.
Cavilaciones:
Primera: Que nadie reparta culpas y asuma la responsabilidad que le toca por lo ocurrido en La Villita este fin de semana. Todos los niveles de gobierno están involucrados. No se hagan.
Segunda: La semana pasada les hablé de las campañas negras que se andan armando todos contra todos en el anticipadísimo inicio del proceso electoral. Este mínimo está reuniendo pruebas y no va a dudar en exhibirlas. Ya tengo algunas. Esperen noticias.
Tercera: Cierto líder magisterial se reunió con cierto aspirante a gobernador en la Huasteca Potosina este fin de semana ¿Será que los profes ya saben por quién van a votar? ¡Miau!