La contratación de 170 médicos especialistas en el IMSS de San Luis Potosí suena como una bocanada de aire fresco para un sistema de salud que desde hace años respira con dificultad. El anuncio que hizo hace algunos días el Instituto Mexicano del Seguro Social para reforzar áreas críticas, ampliar cobertura y, en teoría, reducir los tiempos de espera que tanto desgastan a los pacientes, perece tener una intención correcta. La duda, como casi siempre, está en la ejecución.
En San Luis Potosí, la crisis en los servicios de salud no distingue siglas ni niveles. El propio IMSS arrastra saturación en clínicas y hospitales; el esquema de IMSS-Bienestar aún transita entre la promesa y la consolidación; y el ISSSTE mantiene problemas recurrentes de abasto, infraestructura y atención. A eso se suma la red estatal, donde las carencias también son cosa de todos los días.
Ahí están los casos conocidos. El Hospital Central Dr. Ignacio Morones Prieto, símbolo histórico de la atención médica en la entidad, que ha enfrentado limitaciones operativas, falta de insumos y una demanda que rebasa su capacidad. El hospital de Soledad, constantemente presionado por la creciente población de la zona metropolitana. El hospital de Ciudad Valles, que no sólo atiende a la Huasteca potosina, sino a pacientes de estados vecinos, con recursos que no siempre alcanzan. Y, en el nivel más cercano a la gente, centros de salud que sobreviven entre plantillas incompletas, medicamentos intermitentes y jornadas que dependen más del esfuerzo del personal que de la planeación institucional.
En ese escenario, la incorporación de especialistas en áreas como medicina interna, pediatría, cirugía o urgencias no sólo es necesaria, es urgente. Nadie en su sano juicio podría cuestionar la importancia de sumar talento médico a un sistema que claramente lo necesita. El problema es que San Luis Potosí, y el país entero, ya ha escuchado promesas similares antes.
Han sido muchos los programas anunciados con entusiasmo, brigadas que supuestamente recorrerían colonias y comunidades, médicos extranjeros que llegarían a cubrir vacíos históricos. En el discurso, todo parecía resuelto; en la realidad, muchos pacientes siguen preguntándose dónde están esos refuerzos que tanto se presumieron. El discurso ha descrito un país de maravillas, pero la realidad es caos y carencia total.
Por eso, más allá del número, que sin duda es relevante, la expectativa es otra: que esta vez sí se note. Que los 170 especialistas no se diluyan en la burocracia, ni se pierdan entre cambios administrativos, ni terminen asignados a donde menos se necesitan. Que estén en los consultorios, en los quirófanos, en las áreas de urgencias, donde la presión es cotidiana y no admite discursos.
Contratar y distribuir personal especializado implica recursos, planeación y voluntad política, pero también sería ingenuo asumir que, por sí solo, este movimiento resolverá una crisis estructural que lleva años acumulándose. La falta de infraestructura, el desgaste del personal, la saturación de servicios y la desigualdad en el acceso siguen ahí, intactos, esperando algo más que buenas intenciones.
Aun así, en medio del escepticismo, queda espacio para una expectativa moderada. Si estos especialistas logran integrarse de manera efectiva, si realmente fortalecen la atención en hospitales y clínicas, si reducen, aunque sea un poco, la carga que hoy recae sobre un sistema al límite, entonces el impacto podría sentirse. No como una transformación radical, pero sí como un avance tangible.
Al final, la ciudadanía no espera cifras, espera atención. No le interesa cuántos médicos fueron contratados, sino cuántos están disponibles cuando se necesitan. En un estado donde enfermarse puede convertirse en una carrera de obstáculos, cualquier mejora cuenta, pero sólo si se materializa.
Cavilaciones:
Primera: Tras el desastre del Trail Mágico de Real de Catorce, alguien debe poner orden en el Instituto Potosino del Deporte. Desde el anuncio de la carrera todo estuvo mal. La convocan cinco días antes, está claro que todo sería de mala calidad: organización, logística, ruta, atención médica, playeras que se deshacían al taco por chafas y, lo peor, indiferencia institucional con los corredores que sufrieron caídas y heridas. La molestia fue generalizada, al final no sabían ni quién había ganado. Fueron los propios atletas los que les ayudaron a organizar los resultados. Ineptos e incapaces de pedir asesoría, los funcionarios no miden consecuencias de sus actos. De milagro no hubo un corredor muerto, porque estaríamos lamentando muchas cosas más. Hasta los kenianos comentaron que no irán a una próxima carrera de este serial, aunque les paguen. Francisco Javier Serrano Altuzar, si no puedes, renuncia, mi rey ¡Miau!
Segunda: Urenda Navarro, el arroz de todos los males de la UASLP, ha vuelto a las andadas y, ahora, anda de inquinosa amarrándole navajas al rector Alejandro Zermeño con todo aquel que le resulte incómodo a su mecenas, el secretario general de Gobierno, J. Guadalupe Torres Sánchez. Como sea, la funcionaria universitaria busca, además de operadora política, generar una imagen de “It girl”, con tan mal tino que consiguió todo lo contrario. Pobre UASLP, tan lejos de Dios y tan cerca de doña Urenda.
Tercera: El sábado pasado, el morenista, Gerardo Sánchez Zumaya, organizó un mitin para lanzar su precandidatura al gobierno del Estado escudado en una fundación de su propiedad denominada GESA. El resultado: Mucho ruido y pocas nueces.