¡No des por perdida esa cena! Si la mano se te fue con el salero, aún hay esperanza antes de vaciar la olla en el fregadero, ya que el secreto para rescatar un platillo excesivamente salado no es la magia, sino la química básica de la dilución.
Según una guía práctica del portal Mejor con Salud, la estrategia principal consiste en repartir esa concentración de sodio en un volumen mayor, ya sea añadiendo líquidos neutros como agua, leche o caldo sin sal, o incluso duplicando los ingredientes de la receta original para equilibrar las proporciones y salvar el sabor.

Para quienes no desean aumentar el tamaño de la porción, existen trucos de «camuflaje» sensorial que engañan al paladar. El uso de elementos ácidos, como unas gotas de limón o un chorrito de vinagre, puede equilibrar la percepción de la salinidad sin alterar la cantidad real de sodio en el plato.
Asimismo, incorporar ingredientes de relleno como patatas, legumbres o vegetales adicionales ayuda a absorber parte del líquido salado, distribuyendo el sabor de manera más uniforme en cada bocado.

Para evitar futuros accidentes culinarios, los expertos recomiendan una técnica de sazonado progresivo: añadir solo la mitad de la sal al inicio y ajustar únicamente al final de la cocción.