Las calles se llenan de color, la música retumba en cada esquina y las jerarquías sociales parecen disolverse tras el anonimato de una máscara. No es una coincidencia ni un simple festejo: es el Carnaval, ese «adiós a la carne» que, año tras año, actúa como la última frontera de exceso antes de que el Miércoles de Ceniza imponga su manto de silencio y purificación.
Etimológicamente, la palabra proviene del latín vulgar carnem-levare o carne-vale, que se traduce literalmente como «quitar la carne». Este término hace referencia directa a la prohibición eclesiástica de consumir carne durante los cuarenta días que preceden a la Pascua. Por ello, el Carnaval se erige como la oportunidad final para la prohibicion de comer platillos que se preparen con carnes rojas (puerco y res).
Aunque hoy está profundamente ligado al calendario cristiano, el Carnaval proviene de fuentes mucho más antiguas. Sus raíces se hunden en:
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Las Saturnales romanas: Fiestas en honor a Saturno donde el orden social se relajaba.
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Las Dionisíacas griegas: Celebraciones al dios del vino marcadas por el desorden y la pasión.
Esta herencia se traduce hoy en la «inversión del orden». Durante estos días, lo prohibido se vuelve ley: el pobre viste como rico, lo sagrado se parodia y el baile reemplaza a la disciplina. Los disfraces y las máscaras no son solo adornos; son herramientas de liberación que permiten al ciudadano común abandonar su identidad y sus responsabilidades.
A través de desfiles monumentales y música incesante, el Carnaval funciona como un desahogo colectivo. Es un periodo de permisividad y descontrol, un estallido de vitalidad necesario para enfrentar la austeridad, el ayuno y la reflexión que propone la Cuaresma.
Con el último baile de esta noche, las plumas y los brillos serán guardados. Mañana, el sonido de los tambores será sustituido por el silencio del templo, marcando el fin de la carne y el inicio del camino hacia la Pascua.
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