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¿Ego o amor?

Quedarse también puede ser una forma de huir

No todas las relaciones que se sostienen lo hacen por amor. Algunas permanecen por miedo, otras por costumbre, y otras (quizá de las más difíciles de reconocer) por ego. No un ego ruidoso o narcisista en su forma más evidente, sino uno más sutil, que se disfraza de compromiso, de “luchar por la relación” o de lealtad mal entendida.

El ego puede entenderse como la necesidad de preservar una imagen de uno mismo: valioso, deseado, elegido, importante. Para algunas personas, la relación de pareja se convierte en una extensión de esa identidad. No es solo un vínculo, es una confirmación constante de valía personal. Cuando la relación deja de ser funcional (cuando ya no hay crecimiento, intimidad emocional o bienestar) soltarla no duele solo por la pérdida del otro, sino por la pérdida de lo que ese vínculo sostenía internamente.

Quedarse, entonces, no siempre significa amar. A veces significa no tolerar la idea de no ser elegido, de no ser indispensable, de no “ganar”. En estos casos, la relación funciona como una fuente de validación externa: mientras el otro esté ahí, incluso desde el conflicto o la insatisfacción, el ego se siente a salvo. El vínculo deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un escenario donde se reafirma el poder: si se queda, es porque me necesita; si vuelve, es porque soy irremplazable.

El papel del apego

Este tipo de dinámica suele estar relacionada con inseguridades profundas y con estilos de apego inseguros. Personas que, en etapas tempranas, aprendieron que el amor estaba asociado a la lucha, a la intermitencia o a la aprobación, pueden confundir intensidad con conexión. Desde ahí, terminar una relación no se vive como un acto de cuidado, sino como un fracaso personal, una herida al orgullo o una amenaza a la identidad.

El problema es que cuando el ego dirige el vínculo, el otro deja de ser visto como un sujeto con necesidades propias y pasa a ser un espejo. Se ama menos a la persona y más a lo que esa persona hace sentir. Y en ese proceso, el costo emocional suele ser alto: relaciones estancadas, resentimiento acumulado, desgaste afectivo y una sensación persistente de vacío, incluso estando acompañado.

El amor, en cambio, opera desde otro lugar. Amar no es retener, es elegir. No es demostrar poder, sino generar seguridad. El amor sano implica poder preguntarse con honestidad: ¿este vínculo nos cuida?, ¿nos permite crecer?, ¿podemos ser nosotros mismos sin miedo a perder valor? Y, a veces, amar también implica soltar, aunque el ego se resista.

La reflexión no apunta a juzgar, sino a invitar a la conciencia. Todos, en algún momento, podemos quedarnos donde ya no estamos bien por razones que tienen más que ver con nosotros que con el vínculo en sí. Reconocerlo no nos hace egoístas; nos hace humanos. La diferencia está en lo que hacemos después de esa toma de conciencia.

Elegir el amor por sobre el ego es un acto de valentía emocional. Implica aceptar que nuestro valor no depende de que alguien se quede, y que el poder más profundo no está en retener, sino en respetarnos lo suficiente como para no conformarnos con relaciones que ya no nos permiten amar (ni amarnos) de verdad.

Estefanía López Paulín
Contacto: [email protected]
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