Durante décadas, los fondos oceánicos fueron considerados uno de los territorios más aislados del planeta: oscuros, fríos y fragmentados por enormes distancias. Sin embargo, un estudio internacional publicado en la revista Nature ha demostrado que, bajo la aparente inmovilidad del abismo, existe una conectividad global profunda que ha operado durante más de 100 millones de años.
La investigación analizó el ADN de 2 mil 699 muestras de ofiuras —conocidas como estrellas frágiles— recolectadas en 332 expediciones científicas y conservadas en 48 museos de historia natural de todo el mundo. Este amplio archivo genético permitió reconstruir la historia evolutiva de estos invertebrados marinos y rastrear sus desplazamientos a través de océanos enteros, desde aguas someras hasta profundidades mayores a los 3 mil 500 metros.
Los resultados muestran que las comunidades del océano profundo están mucho más conectadas entre sí que las de aguas superficiales. Linajes estrechamente emparentados aparecen en regiones separadas por miles de kilómetros, como el Atlántico Norte y el sur de Australia, lo que indica intercambios biológicos repetidos a lo largo de millones de años.
Esta conectividad se explica por la estabilidad térmica del océano profundo, donde las condiciones ambientales son más uniformes que en la superficie, y por la capacidad de dispersión de las larvas de muchos invertebrados marinos, que pueden sobrevivir largos periodos en aguas frías. A ello se suma la existencia de dorsales oceánicas, montes submarinos y llanuras abisales que funcionan como corredores naturales para la vida marina.
Aunque el fondo del mar actúa como una “supercarretera” biológica, los científicos advierten que no se trata de un sistema homogéneo. Existen regiones con linajes antiguos y aislados, así como altas tasas de extinción que generan un mosaico de biodiversidad. Además, el estudio documenta frecuentes cambios de profundidad y cruces del ecuador por parte de especies de aguas profundas, algo menos común en organismos de zonas someras.
Los autores señalan que estos hallazgos tienen implicaciones directas para la conservación de los ecosistemas profundos. La conectividad global del fondo marino implica que los impactos locales, como la minería submarina o los efectos del cambio climático, pueden tener consecuencias a gran escala. Asimismo, subrayan la importancia de las colecciones científicas de museos, cuyo material genético ha sido clave para comprender la historia y dinámica de los océanos.
Este nuevo panorama obliga a replantear la imagen del abismo como un conjunto de islas biológicas aisladas y a entenderlo como un sistema antiguo, interconectado y vulnerable, cuya protección requiere una visión global.