“La Virgen de la Tosquera”, dirigida por Laura Casabé y basada en relatos de Mariana Enríquez, se inscribe en un territorio incómodo: el del terror que no busca únicamente asustar, sino revelar. Desde sus primeras imágenes queda claro que no estamos ante una película complaciente ni de consumo rápido, sino frente a una obra que apuesta por la atmósfera, el subtexto y la incomodidad como motores narrativos.
Ambientada en la Argentina de la crisis de 2001, la película utiliza un verano sofocante en la periferia como escenario emocional. El calor no es solo una condición climática, es una presencia constante que oprime, desgasta y exacerba las tensiones. En ese contexto se mueven tres adolescentes, inseparables, unidas por una amistad que se confunde con dependencia y por un deseo compartido: su amor por Diego. La aparición de una rival rompe ese equilibrio frágil y detona un espiral de celos, envidia y resentimiento que pronto encuentra salida en la magia oscura y en una figura siniestra que encarna lo prohibido y lo oculto.
Casabé construye el terror de manera progresiva. No hay sobresaltos gratuitos ni explicaciones cerradas. La amenaza se insinúa, se desliza entre miradas, silencios y rituales, hasta instalarse como una sombra permanente. En ese sentido, la película logra una atmósfera densa e inquietante, donde el horror sobrenatural convive con un retrato social preciso de una época marcada por la precariedad, la frustración y la sensación de futuro cancelado.
La fotografía y la ambientación son pilares fundamentales del filme. Cada plano refuerza la idea de encierro y asfixia, incluso en espacios abiertos. Los paisajes suburbanos, las casas deterioradas y los cuerpos sudorosos funcionan como extensiones del estado emocional de los personajes. Todo parece estar a punto de descomponerse, no solo la realidad, sino también los vínculos.
En el apartado actoral, destaca de manera particular Dolores Oliverio, cuya interpretación aporta una intensidad y complejidad emocional que sostienen buena parte del relato. Su personaje transita con naturalidad entre la vulnerabilidad adolescente y una oscuridad creciente, marcada por el deseo, la frustración y la rabia. No hay caricaturas ni excesos: las emociones se sienten contenidas, pero siempre al borde del estallido.
Uno de los mayores méritos de es que logra trascender el terror típico para convertirse en una fábula simbólica sobre el deseo, la identidad y la violencia que nace de la exclusión y la carencia. La magia y lo sobrenatural no funcionan como escapatoria, sino como amplificación de conflictos profundamente humanos. El horror, en este caso, es una consecuencia lógica de un entorno que ya es hostil.
Sin embargo, esa misma apuesta por lo sugerido puede jugar en su contra. Algunos hilos narrativos quedan apenas esbozados y no terminan de desarrollarse, lo que puede generar desconcierto o una sensación de incompletud. La película exige un espectador dispuesto a leer entre líneas y a aceptar la ambigüedad como parte del viaje.
“La Virgen de la Tosquera” es una obra arriesgada y singular dentro del cine de género argentino. Su enfoque estético es claro, su base temática es sólida y su mirada social es tan perturbadora como necesaria. No es una película para quienes buscan un horror convencional o un drama lineal; es, más bien, una experiencia que incomoda, provoca y deja resonando preguntas mucho después de que cae el telón. Y en tiempos donde el cine de terror suele apostar por la fórmula, esa decisión ya es, en sí misma, un acto de resistencia.

