La fotografía nacional es impecable. Morena, Partido Verde y Partido del Trabajo aparecen sonrientes, estrechan manos, firman un acuerdo y repiten el mantra de la unidad rumbo a las elecciones intermedias de 2027. El mensaje es claro: la alianza que sostiene a la llamada Cuarta Transformación no sólo sigue viva, sino que, según sus dirigentes, está “más fuerte que nunca”. En el discurso, se trata de sumar esfuerzos, consolidar mayorías legislativas y garantizar la continuidad del proyecto político que hoy gobierna el país. En la narrativa oficial, no hay fisuras, no hay reclamos y, mucho menos, rencores.
Pero como suele ocurrir en la política mexicana, una cosa es el escenario nacional y otra muy distinta la realidad de los estados. Y si hay un lugar donde esa dichosa unidad suena más a consigna que a convicción, ese es San Luis Potosí.
Aquí, Morena y el Partido Verde mantienen un pleito añejo, profundo y, hasta ahora, claramente irreconciliable. No es una diferencia menor ni un desencuentro pasajero, es una rivalidad alimentada por errores estratégicos, egos desbordados y decisiones que, con el paso del tiempo, se han convertido en facturas políticas difíciles de cobrar. La alianza nacional, lejos de entusiasmar a las bases locales, ha venido a frustrar sueños y aspiraciones de muchos perfiles que ya se veían con candidaturas prácticamente en la bolsa y que, ahora, deberán guardarlas o buscar otros espacios que les den cabida.
Conviene no perder la memoria. Fueron los propios morenistas potosinos quienes, en los hechos, impidieron que Morena, Verde y PT fueran juntos en la elección de 2021. Esa cerrazón excluyó al partido guinda del triunfo que finalmente consiguió Ricardo Gallardo con el Verde y compañía. Morena no sólo se quedó fuera del poder estatal, sino que abrió la puerta a una rivalidad que, desde entonces, no ha hecho más que crecer y enrarecer el ambiente político local.
Desde Morena se insiste, todavía hoy, en que el partido tiene potencial, liderazgo y una base social sólida en San Luis Potosí. El problema es que todo eso ha quedado más en el discurso que en la realidad. Bajo la dirigencia de Rita Ozalia Rodríguez, el partido ha vivido una larga etapa de simulación; estructuras inexistentes, liderazgos desarticulados y una incapacidad evidente para traducir el respaldo presidencial en fuerza política local. Tan es así que Morena sabe perfectamente que necesita al Verde; de hecho, si no fuera por ese partido, ni siquiera tendría diputados de mayoría en el Congreso del Estado. Una verdad incómoda, pero verdad al fin.
El Partido Verde, por su parte, juega con otra baraja. Con una estructura firme, territorialmente aceitada y una disciplina interna que Morena envidia, el Verde sabe que hoy tiene el sartén por el mango. Podrán cuestionarse sus métodos, señalarse acciones polémicas o criticarse su estilo, pero los resultados están ahí. Y en política, como se sabe, los resultados pesan más que los discursos. Esa posición de fuerza le permite negociar y presionar desde una clara ventaja.
En medio de este tablero aparece el Partido del Trabajo que, en San Luis Potosí pertenece al diputado federal Ricardo Gallardo Juárez. Fundador del movimiento gallardista y figura clave en la construcción del poder actual, su presencia podría parecer un factor de equilibrio, sin embargo, quien lo conoce sabe que es todo menos un actor dócil. Es un negociador duro, celoso de su capital político y un gran negociador. Es un huero difícil de roer.
A nivel nacional se descartan fracturas y se presume cohesión. En lo local, en cambio, el escenario apunta a conflictos soterrados, negociaciones ásperas y posibles rupturas silenciosas. Las candidaturas, como siempre, serán el punto de quiebre. Porque una cosa es firmar acuerdos en la Ciudad de México y otra muy distinta repartir espacios en San Luis Potosí, donde los agravios no han sido olvidados y donde nadie quiere pagar los costos de una alianza que, hasta ahora, beneficia más a unos que a otros.
La pregunta no es si habrá conflictos, sino cuándo y cómo se manifestarán. La alianza puede sostenerse en lo nacional por conveniencia y aritmética electoral, pero en lo local podría convertirse en un campo minado. Y en San Luis Potosí, la historia reciente demuestra que cuando las diferencias se esconden bajo la alfombra, tarde o temprano terminan estallando justo cuando más daño hacen.
Cavilaciones:
Primera: El Partido Acción Nacional no cesa en su empeño de expulsar a una de sus más grandes y honestas militantes, Lidia Argüello. Lidia es, además, consejera estatal vitalicia. La abogada se declara lista para la batalla. Ha visto pasar a muchos dirigentes y sabe que todos, todos, tienen caducidad y que, cuando vuelven a la calle, lamentan haber lastimado a sus correligionarios.
Segunda: En la delegación de La Pila, se cocina un conflicto fuerte en el que el protagonista es grupo Valoran, cuyo presidente es el empresario Vicente Rangel Mancilla. Esperen noticias. Un dato; el pleito es por muchos millones y una gran extensión de tierras ¡Miau!
Tercera: En el Ayuntamiento Capitalino, alguien se está pasando de listo. Este felino tiene reportes de estafas a los contribuyentes que pagan su predial aprovechando los descuentos de enero. Resulta que, en el pago formal, se les aplica el incentivo, pero al día siguiente hacen un cargo por el monto del descuento. Los contribuyentes cumplidos denuncian este fraude para que el alcalde, Enrique Galindo, tome cartas en el asunto ¡Urge!