Columnas

Las emociones inflamatorias

Cuando lo que sentimos se queda en el cuerpo

Durante mucho tiempo se pensó que las emociones pertenecían únicamente al ámbito de lo psicológico, mientras que la inflamación era un asunto estrictamente físico. Hoy, la ciencia y la experiencia clínica coinciden en algo fundamental: el cuerpo y la mente no funcionan por separado. Existen emociones que, cuando se viven de manera crónica y no se expresan, pueden convertirse en auténticos procesos inflamatorios. A estas podríamos llamarlas “emociones inflamatorias”.

La inflamación es, en esencia, una respuesta de defensa del organismo. El problema aparece cuando esa respuesta se mantiene activa sin una amenaza real. Algo similar ocurre con ciertas emociones. El miedo constante, la ira reprimida, la tristeza no elaborada, la culpa persistente o el estrés prolongado mantienen al sistema nervioso en un estado de alerta continua. El cuerpo interpreta que está en peligro y responde liberando cortisol, adrenalina y citoquinas proinflamatorias. Con el tiempo, este estado sostenido genera desgaste, dolor y enfermedad.

Pero ¿por qué algunas emociones inflaman más que otras? Principalmente porque son emociones que no se mueven. La ira que no se expresa, el miedo que no se reconoce o la tristeza que no se llora quedan “atrapadas” en el cuerpo. El organismo, que necesita completar los ciclos de activación y relajación, se queda bloqueado en la fase de tensión. Es entonces cuando aparecen síntomas como dolores articulares, problemas digestivos, fatiga crónica, migrañas o enfermedades autoinmunes.

Desde esta perspectiva, la inflamación no es un enemigo, sino un mensaje. El cuerpo habla cuando la emoción no ha encontrado palabras. Inflama para llamar la atención, para obligarnos a mirar aquello que hemos evitado sentir. No se trata de culpar a las emociones, sino de comprender que reprimirlas tiene un costo biológico.

¿Cómo podemos liberar estas emociones inflamatorias? El primer paso es el reconocimiento. Nombrar lo que sentimos sin juicio es profundamente regulador para el sistema nervioso. Permitirnos sentir enojo, miedo o tristeza (en lugar de negarlos) reduce su intensidad. El segundo paso es la expresión: hablar, escribir, llorar, mover el cuerpo, respirar conscientemente. Las emociones necesitan movimiento para no estancarse.

Prácticas como la meditación, el yoga, la terapia emocional, la respiración somática o incluso caminatas conscientes ayudan a devolver al cuerpo la sensación de seguridad. Cuando el sistema nervioso se siente a salvo, la inflamación disminuye de forma natural. No porque “todo esté en la mente”, sino porque la mente y el cuerpo finalmente vuelven a dialogar.

Liberar emociones inflamatorias no significa vivir sin emociones difíciles, sino aprender a escucharlas. Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos, el cuerpo deja de gritar. Y muchas veces, al sanar la emoción, la inflamación ya no tiene razón de ser.

Estefanía López Paulín
Contacto: psc.estefanialopez@outlook.com
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