Vivimos en una era en la que deslizar el dedo hacia abajo se ha convertido en una de las acciones más habituales del día. Ese desplazamiento constante (el famoso “scroll infinito” que ofrecen plataformas como TikTok, Instagram o X) parece inocuo a primera vista. Pero detrás de esa simple interacción se esconde una dinámica psicológica potente que está reconfigurando la manera en que nuestra atención y memoria funcionan.
En términos básicos, el scroll se refiere a la acción de mover la pantalla para revelar más contenido, especialmente en plataformas que nunca terminan de cargar nuevas publicaciones o vídeos. Es una pantalla que promete siempre “una más”. Los diseñadores lo llaman infinite scroll o desplazamiento infinito, y está cuidadosamente diseñado para mantener tu atención enganchada sin puntos de interrupción natural.
Recordemos qué, nuestra atención es un recurso limitado. No podemos estar plenamente concentrados en múltiples estímulos a la vez sin una pérdida en la calidad de esa atención. El scroll constante fragmenta ese recurso: obliga al cerebro a cambiar rápidamente el foco entre ideas, imágenes y estímulos. Esta constante alternancia no sólo acorta nuestra capacidad de mantener la atención en una sola tarea, sino que también reduce la profundidad con la que procesamos la información que vemos.
Este fenómeno tiene implicaciones directas sobre la memoria. Para que una idea o experiencia sea recordada, el cerebro necesita procesarla de manera significativa: reflexionar sobre ella, relacionarla con otras ideas y almacenarla con un propósito. La psicología cognitiva diferencia entre procesamiento profundo (que fortalece la memoria a largo plazo y procesamiento superficial) que produce recuerdos fugaces o débiles. En el contexto del scroll, la mayoría de lo que vemos se percibe tan rápidamente y con tan poca reflexión que rara vez llega a consolidarse en nuestra memoria significativa.
Incluso investigaciones comparativas han mostrado que las interfaces con diseño sin fricciones (como el scroll infinito) producen peores niveles de recuerdo que aquellas que requieren interacción más reflexiva para avanzar, lo que sugiere que la manera en que accedemos a la información puede alterar nuestra capacidad de recordarla.
Hay también un componente neuroquímico en juego. Cada nuevo fragmento de contenido ofrece una pequeña dosis de novedad y, con ello, una descarga de dopamina, el neurotransmisor ligado al placer y la recompensa. Este ciclo de expectativa y recompensa (muy parecido al que ocurre en las máquinas tragamonedas) puede reforzar patrones de uso compulsivo, haciéndonos regresar una y otra vez sin lograr una verdadera satisfacción cognitiva o emocional.
Desde una perspectiva emocional y social, el scroll puede también contribuir a una sensación de insatisfacción continua. Al bombardear al usuario con estímulos breves, emociones intensas y comparaciones sociales constantes, la experiencia deja poco espacio para la contemplación profunda, la introspección o incluso el aburrimiento saludable, ese que permite a la mente reorganizarse y pensar de manera creativa.
Reflexionando sobre ello, es útil preguntarnos: ¿qué tipo de atención valoramos? ¿Queremos simplemente pasar el tiempo o realmente invertir nuestra mente en aquello que nos importa? El scroll, tal como está diseñado hoy, favorece lo primero a expensas de lo segundo, erosionando poco a poco nuestra capacidad de enfocar, reflexionar y recordar lo que verdaderamente importa.
En un mundo saturado de estímulos, aprender a reconocer cuándo estamos consumiendo información superficial y cuándo estamos cultivando atención profunda es, quizás, uno de los desafíos psicológicos más relevantes de nuestro tiempo.
Estefanía López Paulín
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